Una mariposa ocre entró a mi casa
entró y salió
un soplo
me dejó sola
deslumbrada
muy sola
cuando solté el aire
noté que ella estaba en mí
su dibujo cobrizo
sellado en ese rincón del pecho
donde tiene lugar
lo inesperado.
Una mariposa ocre entró a mi casa
entró y salió
un soplo
me dejó sola
deslumbrada
muy sola
cuando solté el aire
noté que ella estaba en mí
su dibujo cobrizo
sellado en ese rincón del pecho
donde tiene lugar
lo inesperado.
No gires la cabeza, Claudio,
cuando aquellos que te miran
hablan de sangre y silencio.
Vuelve una vez más a casa e inventa
el canto del ave y de su imagen.
Vuelve a casa como quien
coloca monedas sobre el camino
y trae tu cansancio ahora que crees morir.
Vuelve a casa,
nadie traerá tus muertos hasta esta fosa
en este destierro que llamabas en silencio “distancia”.
Vuelve a casa, cabizbajo como un monje joven
que llora bajo un ciprés.
Así observamos la voluntad de decir “amén” con otras palabras.
Claudio, ahora vuelve y recupera la infancia y las cartas de tu padre.
¿Vacía?
mi carencia real es de potasio.
Cuál es mi relato preguntás,
cuál mi adoración.
Que necesito argumentos
para “verme” bien plantada.
Es otra cosa este hormigueo,
amigo.
Es algo más que ausencia mineral,
lo siento
viene subiendo
es un sueño de pies livianos
un desprendimiento.
De eso se trata,
no poseer.
Debería esconder una manga en el as
y algunas sobras de sabios en mi barba
desarrollar bien malas ideas
o al menos tener una buena idea mal desarrollada
aprender latín
y el nombre de algunas flores que no existen
buscar en un trebolar el verbo de cuatro letras
que me permita arrojar de un manotazo al papel
un barco navegando
o podría alguien decirme que la poesía
es un camino con puentes en los charcos
por andamios que trepe
un albañil no besa una golondrina
a lo sumo desde sus ojos de piedra
mira achicarse la espalda de algún sueño
pero entonces
cómo se ignora una erupción de mar
cómo se hace para no escribir
cuando llueve.
Dicen que encontrarse una liebre es una señal del destino
un eco de luz entre la bruma
La liebre que cruzó mi camino aquella mañana
mensajera del alba
trazó su huella en el rocío
Sólo sé que el monte se desperezaba a esa hora
y en su bostezo vi nuestras heridas
También nosotros buscamos
un monte
una guarida
un silencio
donde lamer lo que sangra
Tengo un acompañante que esquiva
los quejidos que lo clavan al suelo:
prefiere invocar vértigos mirando las nubes.
Trepa la noche, silba
subido a los árboles.
Cuando llueve a rabiar señala la pared
que escapa a la humedad.
Cuando se avecina una tormenta en los labios
fabrica una balsa para internarse por sus canales
y forja escaleras para encender luces
a su tristeza.
Mi acompañante tiene ojos nuevos cuando su pena
trastabilla: ríe en la lluvia que oculta el cielo.
Colgado a una esperancita desquiciada
despereza sus desánimos,
rebusca la magia
que ni la tormenta en su boca apaga.
a Glauce Baldovín, in memoriam
Todos dicen que va a nevar en la ciudad.
Todos quieren ver en la nieve algo nuevo,
algo raro y ligero porque
no sabríamos convivir con eso. El rostro
del otro es nuestro rostro y el hielo de la nieve
lo refleja. Pero nunca cayó. Sólo piedras
de hielo y algo de la tempestad
que destruyó a los árboles. La tarde
se hizo noche y el cielo
me develó el humor de los pájaros, la tijera
de una bandada ruidosa
buscando dónde anidar.
Y nada
que no supiéramos –salvo volar-
nos pasa. La nieve
cae siempre en otra parte.
El derroche es una ley
del arte y de la naturaleza apaleada. Siempre
hay tiempo, tibiezas
de Barragán antiguo, enaguas de jerga,
lienzos bordados por mi abuela
contra la guerra que,
en ese hacer sumida, florecía en la tela.
Flor rebelada contra la nieve
que había que cavar para ver la luz,
el suelo fangoso que dejaba la pala
enterrando la bala del cansancio
que le hizo estallar una noche
el corazón.
El tuyo, el de ella. Se supone cordial
la huella del pespunte, el hilván,
la mirada ciclópea de la aguja, lo que cava
la pala cuando siembra . El filo del papel
o del hilo. Se supone cordial
entre los yuyos donde se afila un lirio
no pisar su destino de cuchillo
salvando una parte
de un día de pesar.
Del peso del avatar, de ese mal
expresado nombre
de lo adverso. Reverso del candor, cuando te mata.
El lucero del Alba, el refucilo, los fuegos fatuos
detrás de los álamos, mi padre busca
los animales dispersos en la tormenta.
Los rayos iluminan en su rotación grupos de vacas,
caballos, ovejas, gallinas y otros animales
que no hallan hueco entre los tamariscos.
Los perros gimen por galpones y corredores oscuros.
Mi padre corre para salvar lo posible, se engancha
en un alambrado y la mordida de un cerdo atascado
lo marca para siempre. Su mano mala.
El amanecer, siempre, salda la destrucción. Cada objeto
destruido, cada animal muerto, deja congoja y trabajo
a repetir, tareas de esclavo.
Con ropa seca y la gorra hasta las orejas, mi padre no habla,
empieza la reconstrucción de lo ajeno.
Abomina de la queja y de los patrones. Silba en su tumba, y me despierta
para jugar el juego del falso dormido.
Me ha legado la rabia, y una manera propia de mirar
el horizonte y los alambrados.
Anudo el alma a las sombras
camino.
El sol se detiene en el
duro corazón
de la simetría.
Puntos de luz.
Lo que acaricio
se derrite.
¿Cómo?
¿Cómo hablarte, madre sin que la palabra
sea una piedra arrojada?
¿Cómo cortar el cordón umbilical
de los estuarios que me drenan?
¿Cómo llenar el regazo de las hojas
que son mis nodrizas?
¿Cómo ser hombre sin ser hijo?
¿Cómo ir por ahí hablando tus llanuras
en lluvias para nuevos desiertos?
¿Cómo ser poema sin tu río, sin remar contra la corriente,
sin que la palabra se hunda en el barro?
¿Cómo contarte que el poema ocurre en mí
como un simulacro de lapidación?
¿Cómo escribir sin moldear la piedra para ser objeto?
¿Cómo decir que no siento su vuelo hasta que llega y golpea?
¿Cómo explicar que a medida
que el dolor crece de manera geométrica
las palabras lo hacen exponencialmente?
¿Cómo contar lo que es sobrar en una cama
y faltar debajo de la almohada?
¿Cómo, entonces, ir por ahí
sin carne que ponerme ni leche que me abrigue?
¿Cómo es sentir la pureza de un segundo de silencio?
¿Cómo puede, madre, el amor vestirse con un cuerpo?
Hoy limpié una casa por noventa pesos la hora
desde adentro podía ver los tilos del patio
la luz formando círculos sobre los charcos de agua y barro que todos evitaban
las habitaciones los pisos, los espejos quedaron impecables
ninguna telaraña
cuando me iba
la señora quiso darme una propina
"Porque vos sos estudiada" -dijo
y extendió la mano.
Ignora la señora que el polvo
que cubre los muebles
las lámparas
los rincones donde habita
están formados por partículas de piel.
no puedo amar
y eso quizá sea
de la vida nada
y sé que vendrás
a beber conmigo
sin sorprendernos
al alba ni juzgar
estos rostros
tan conocidos
como extraños
¿No querías un bosque?
¿No lo deseaste tomando tu casa por asalto
mientras se dilataba el canto de la luna?
¿No lo viste venir en la humedad suntuosa
del patio, después del riego de la tarde?
Crecía a tus espaldas,
cuando te desnudabas atrás del sosegado velador,
después de haber colgado el vestido,
y al soltarte
con la seda de fondo del tren de medianoche.
Entonces el roce de las sábanas te pulía las piernas,
y se enterraban las raíces
un poco más,
un poco más,
en el irrefrenable corazón de la tierra caliente.
Ahora que te sangran los dedos
cuando arrancás los brotes de la pared del cuarto,
pensás que apenas se insinuaban
con el café del desayuno.
Debiste haber previsto
que lo que se persigue con el cuerpo
termina dando flores
de una frondosidad indómita.
Ahí está la catedral.
Cimientos de luces duras.
chorros de piedra caliente.
apuntando al ojo que está en el cielo.
Estoy listo a inyectarme.
a través de torres góticas.
en las venas de Dios.
Fragmento de Armagedón
Rayos ultravioletas impactan en el lienzo.
Dibujan planetas que pasan a otro lienzo.
Afortunado es el que despierta como lienzo.
Sarcasmo. Ira. Aplausos. Manjares.
Rastros paganos en el entrecejo
muerte de antemano. Gira la rueda.
Pies ligeros, tribulación y olvido.
Cuerpos hervidos en propio sudor.
Paciencia eléctrica.
Dínamo, palanca, llaga, así es la vida.
Huesos cruzados, asesinato en masa.
Aunque la carne quede.
Todo viene, todo se va. La raza
raza musgosa de virtudes dormidas.
Late el alma en cuerpos muy densos.
Voces que cabalgan la noche, en dóciles cuervos.
Amnesia en el agua. Veneno en el aire
Redención en el fuego
Amén
Parajes de miel y vino
confort para el desposeído
alas para quien se arrastra
Y esta selva es helecho
y fruta fresca
y el volar del peregrino
me seduce.
Otra estrella de agua me espera
Otro aire, otras virtudes
sin manos, la vista es hermosa
escucho sin querer tocar.
–Está bien, lo comeré –dijo Alicia–. Si
me vuelvo más grande, podré alcanzar
la llave; si me vuelvo más chica, podré
colarme por debajo de la puerta. ¡Pase
lo que pase, entraré al jardín!
(Lewis Carroll)
La soledad de Pierángeli encerrada en su Babel,
busca el Jardín de los Niños Perdidos,
imposibilitada de crecer como Peter,
porque no hay corazón,
hay un torso sin corazón,
carcomido el corazón
por el garfio del miedo,
ni ángeles de la guarda,
ni estampitas,
sólo los sueños
donde es posible detener el tiempo
y que sea por siempre la hora del té,
y se agoten y se colmen
las tazas.
(En el Jardín de Nunca Jamás todos hablan la misma lengua y sueñan
idénticos sueños).
Cuando la nena se cayó del útero
empezó el tormento reservado
a los prisioneros del Arrecife del Dolor,
tuvo que conservar ojos y corazón límpidos
para divisar cualquier balsa que la llevara a tierra firme
o un cochecito de bebé para salir volando rumbo al Jardín más allá de la puerta.
El viento pasa y arroja de Babel
las palabras que no existen,
perdido el lenguaje en la más eterna inmensidad.
Bajo la lluvia,
al atardecer,
Pierángeli juega sola,
la Nena está ensimismada porque ha perdido el último diente de leche.
📚 en "Los ojos"
I
Se oye llover.
Se deja oír el oro
que crispa de vidrios el crepúsculo.
II
Cae el cielo
de su abismo de altura.
El aire acaba en lluvia
lo que empieza en silencio.
III
Misterio que se eleva
de su vapor terrestre.
Un fantasma del agua
busca entrar en su cielo.
Cae sobre el tiempo la líquida
transparencia helada.
IV
Se oye como si fuera
un estrépito claro.
En la voz de un espejo
una luna partida.
La luz que se opaca.
La noche iluminada.
V
El cielo cae
como si fuera a elevarse.
Miserable estratagema
para tenerte parecerme
a vos
ser en espejada lejanía
lo que brilla por ausencia
una estrella
no me llames ilusa
estoy arriba
reina de la nada
ardiendo en mis heridas
soy tu pequeño espejismo
qué peor atadura
ah, si quisieras llegar hasta aquí
y entraras en esta luz
en todo caso si así fuera, querido mío
la luz hiere, la luz es realidad
Si la pregunta es qué pienso, no pienso nada. Pero si escribo hay cosas que ocurren. Crece la mañana en el extremo de la cuadra, donde comienzan los jardines. Tarde o temprano el sol va a entrar por las ventanas. Falta poco para que la mente vaya tras ellos, los pensamientos que van a encandilarse. Puedo prever el desarrollo del día, el agua que se calienta para el baño, la diferencia de temperatura entre habitaciones. El invierno cavó una zanja de kilómetros. Nunca se había visto. Es como una fosa. Una fosa en el océano. Más escribo, más profunda. Ahora mismo caemos como Alicia, sin amarras. Las maravillas son del Bosco. Un país increíble se abre paso entre los árboles. Un gato con botas se come a un león. Bajo el influjo de la palabra desafiante se volvió un ratón pequeño. Los túneles ya están iluminados. La noche tuvo siempre la luna. Los pensamientos huyen para que vayamos. Se esconden con los amigos de la piedra libre. No pienso. No puedo pensar. Pero si escribo, la luna viste de plata la llanura argentina. Esa luna nos pensó alguna vez. Seguimos la estela que se pierde. La luz buena. La luz de los vivos.
cambiaste Palermo por Gyvataim
y fue justo ahí cuando empecé a escribir
los versos más cursis y tristes
como este último y los que vienen
la noche en Gyvataim tenía estrellas
que brillaban como signos de admiración
sobre ese cielo que vio caminar a Jesús en su reflejo,
según me contó la hermana Teresa en el colegio,
y vio al camello bebé, el de la foto que saqué con tu cámara digital
nosotros paseábamos en auto a la madrugada
nunca entendí por qué todo cerraba tan temprano
me gustaban las galletitas que hacía tu mamá
y tomar té en la vereda pensando
qué hermoso es todo, estoy en Medio Oriente,
aquí nada pasa, no te roban la cartera,
pero en una de ésas
estalla el cine de enfrente en tus narices
para CNN Internacional
comíamos, cogíamos,
íbamos al mar
cuando los que van al mar dormían
pensé en hacerme judía y aprender el hebreo
laila tov, ají y las demás palabras que ya me olvidé
que viviéramos en un kibbutz
con nuestros hijos con rulos
yo cuidaría de la huerta
y hablaría de mi país exótico y findelmundista
con las mujeres de cabellos recogidos y ojos claros
mientras vos trabajabas en el hospital de Tel Aviv
me adapté con facilidad
me gustaban las especias que traían de la India
los instrumentos musicales
andar en tu bicicleta
el olor de las pipas en los mercados
y pasaba las tardes en el mar
aunque es cierto que me daba un poco de miedo
ver a los chicos con los fusiles colgados como morrales
quería vivir en Jerusalén con vos y aire acondicionado
aprender la cábala como Madonna
usar perfume de jengibre
y que todos me miraran por mi nariz redonda
y mi cara de sudaca siciliana
en tevé muestran el cielo de Gyvataim encendido de rojo
se parece al cielo de Irak
y de Irán
y de todas las guerras que televisan
pienso quién dispara
pienso si será tu hermano
o tal vez vos
miro el cielo rojo sobre negro televisado
oigo las bombas
las conozco
son las que me explotaron en la cara
hace dos veranos.
De las muchas coartadas para justificar la mezquindad, la usura,
la violencia y el horror, la plusvalía,
el crimen y la ruina general que nos producen
los que viven del trabajo ajeno
y están dispuestos a viajar por todo el mundo comprándose corbatas,
resulta fácil señalar
esa suma de vaguedades que se nombra
naturaleza humana.
Seguramente un día alguien dirá
que fue cuestión de células u hormonas.
Después de todo, nada cuesta imaginar
una química idiota que nos traduzca el mal,
lo justifique,
lo vuelva comprensible
y lo diluya.
Recuperar lo perdido. Templar el ánimo. Al menos el camino.
Tal vez eso deba bastar.
Sostener, tan endeble, a pequeñas sacudidas. Querer poder. Cribar.
Hay restos. Granos de arena en superficie.
Sueño o vigilia. ¿Vigilia? Mejor sueño, leve, por eso en superficie, o en la memoria de la superficie.
Despertar al alba. En el lugar de la infancia no. En el lugar donde anoche. Esperando que pase sin consentir. Solo que pase.
En rebeldía los colores. Apenas un descuido acierta, propicia el encuentro. Y algo se aleja a su vez tras la arenisca.
Condensar sí, el espíritu, el aire en resonancia. El espíritu en el reflejo de la casa. En las ventanas. Resistir respirando. Apretar los dientes. Las rodillas a la frente.
Acto sacrificial la vigilia. Por eso el sueño.
Atravesada por la repetición y la rendición de la carne. Sostener el aliento y aún crujen los cimientos, también hay miasmas, del otro lado de lo perdido.
Contemplar sí, mis ojos, el cansancio. Ir pasando no obstante por el sueño.
Ha sacudidas el tiempo.
Decir: a pesar de. La herida se remedia en el grito. La herida en resonancia. Asumir para sanear. Asentar.
Al filo el dobles, lo que entraña el decir.
Decir: algo se ha ido. Imposible interrumpir el cauce. Retener el instante. Repetir la palabra imposible.
Musitar el terreno hollado.
Incapaz de contemplar las distancias; aspirar a ello.
Y luego, de repente, en vuelo raso, segando nubes, atemperar el impulso sin pértigas. Volar sin lastre.
Mirada al mar, sesgada. Cuando ya nada importa. El compás del sueño se retrotrae. Intrusa en mí, la palabra Soledad me excede.
Me desmorono en vuelo y el alba deja de imponerse.
Me dejo sola, a descubierto. Ni tan siquiera. La habitación a oscuras.
No te cambio mis huesos por uvas de la
tierra
No quiero despabilar mi piel con lunas y
tierras alumbradas
Con cercanías erguidas como una
serpiente en la luz
No siento ya una claridad que me libere en cegueras de la vida
Que ya es vida para ser un artificio de la muerte
Reflejo de un cogollo que es tu múltiple mentira
Tu plural desesperanza
¿Te olvidas del asesino? ¿Aquel que te
prohibió volver con odio a la vida?
Cómo oyen sus oídos a todos
Cómo hieden los árboles a fragancia de
tiniebla
Cómo perdura su voz en un viejo dialecto
de ojos
Cuánto va a faltar del odio que tenía como
sea
un algo de sangre en los desagües del
alma
Un numeroso aplauso marca mi huida por
la plácida vigilia
Mi carne uniéndose en tu palma
Atardece
Un gato pierde su canto en las trizas del
mundo
Cómo hieden los árboles a fragancia de
tiniebla
Cómo perdura su voz en un viejo dialecto
de ojos
como una serpiente en la luz
Sufro del lenguaje directo del león
(Cesar Vallejo)
Mi pan aguarda cada noche
como piedra pelada,
a campo abierto -migajas
sobre mi lengua-.
Ay profecía, todo convite
es apetito vuelto presagio.
¿En qué lugar creés,
salvaremos el pellejo?.
No deberíamos
acercarnos al objeto
que satura como un golpe.
Y la boca de mi padre colmada,
mastica la comisura de sus deudas.
¿Será ese hombre un muerto
en vida por sus antojos?
...Mirarás a diestra y a siniestra
con la piel de seis leones.
Ay profecía, trueco monedas
por el polvillo de mi cerro.
Si me duermo, ¡escuchá!,
seré mi padre devuelto
a la arenisca de la orilla.
Y sabrá como nadie: el pan
cuece en el vientre del tiempo.
📚 en "Cayupán"
A orillas del río Negro me dijeron
«traidor a la patria».
A la patria no.
Solo porque anduve en esos fondos de la noche
donde había luces rojas y pequeñas.
¿O acaso el país no llega
hasta el borde de los campamentos,
hasta esos cuerpos
que aparecen al encender un fósforo?
Cualquier cosa menos traidor.
Si llevé nada más que una radio,
una linterna,
y dormí bajo un árbol, sin permiso,
en la zona verde del país.
Traidor al sueño tampoco.
Y eso que soñé con las manos oxidadas
de mi madre aferrando un arma.
Y le digo más, la patria estaba llena
de mujeres que ni luz en los ojos tenían,
que ni frente, ni perfil,
y que había que darle unos tragos
para que no fueran fantasmas.
¿O no?
En la selva no hay luna. No la veré.
No la veremos. Ella vendrá cuando nos hayamos ido.
Pero ¿quiénes somos? ¿qué?
La lluvia traza su rastro en los senderos
siempre húmedos, tapados de hojas blandas que se pudren –
curvas, planas, perfectas.
Nosotras ¿quiénes somos? ¿qué?
Un parpadeo en la noche de un dios.
Un animal que corre entre la bruma.
El canto de los otros, que desconocemos.
El silencio después.
Todo se queda aquí.
Todo está aquí.
Todo respira.
No estuve atento, no estuve alerta. ¿Cómo
podría haberlo estado? Pasaban
campos, pasaban vacas, girasoles.
O tal vez mejor diría
pasaba yo, o rodaba por los campos
entre las vacas y los girasoles.
Pero eso no era cierto.
No rodaba, no, no desafiaba
el viento, o la imaginación, de atravesar
esas cosas entrevistas.
En verdad iba atado a un asiento
a una velocidad
inverosímil. ¿cómo, digo, podría haber prestado atención
a lo que huía si yo huía más rápido que todo
lo que veía?
Campos, vacas, girasoles,
¡qué paisaje
trivial
deshecho por el viento!
Nada queda de él, de él nada extraje,
y el lugar al que llegué
y el lugar de donde vine
tampoco tienen ya
importancia alguna
si no pude ver
de qué estaba hecho
el viaje en el que estuve.
Alguien huele a sangre rancia
lo supe antes de entrar
alguien
no voy a decir quien
empecé a morir el mismo día que mi mamá se dejó caer en el sillón
desperté en medio del silencio
alguien
no voy a decir
quién
es improbable que este vicio se rompa.
Vejeces
Me esperan
todas mis dudas
que una a una
se despiertan
Lo que hay
en verdad
es lo que estará conmigo
¿Será el comienzo?
Saberes
Me he convertido
en algo distinto de mí.
A tu cuerpo
lo dibujan los recuerdos
¿y si algún día te alcanzo?
¿después qué?
La lluvia
tropieza
con ellos
y cae.
Voluntad
Si piensas que tu silencio
sepultará mi voz
o alejará tu orilla de la mía
quiero aclararte
que aún solo
y en tinieblas
mi barco siempre llegará a destino.
📚 Un papel, una piedra, un pez
“nunca nos recobramos de nuestro lugar de origen" (William Goyen)
No se vuelve
—delta azul que resguardó la infancia—
de un antiguo patio en sombras
de la dama de noche y su corola china
—ruta de la seda en ese mismo patio rojo—
del lila fragante en el aura del paraíso.
No regresa
la que contaba lunas en noches de ronda
y relatos a la luna biselada:
vertiginosa telaraña
increpaba al espejo un gran poeta nacional.
No se vuelve
de la lámpara quemada colgando del techo
que nadie cambiará
de la bisagra desaceitada y la respiración arrítmica
no del tejido esponjoso de aquella mujer
sus puntos de misterio
escritura de lana
diario de decepciones.
Mira mi corazón,
se ha vuelto noche
en medio del incendio.
Quiere beber la vida,
quiere latir
como pájaro en vuelo.
Pero lo cierto es
que estoy dentro de mí,
que todo
es lejos
y es tarde.
Pero lo cierto es
que ya nadie
mira
el corazón
dispuesto
de quien ama.
Veo la puerta abierta.
Las lavandas deben estar en flor por estos días.
Yo caminé descalza sobre la muerte.
Bailé y canté para invocar al fuego
hasta verme los pies violetas en el frío.
No me fue dada la canción protectora.
No supe más.
Oh, mundo,
yo, tu extranjera,
te hacía señas blancas sobre la nieve.
Cierra otra vez su ojo de cuarzo la luna
Hay que aprender a perder el tiempo viejo
La sed es más inmensa que el océano
y la garganta más estrecha que una aguja de hilar
¿En el ignoto porvenir se vislumbra algún consuelo?
Siempre la víspera es tiniebla
La existencia se expande o resiente en simetría al amor
La mano tiembla incierta
pero la campana repica con más fuerza
La verdad avergüenza al diablo
Se vive en la resurrección
Confiamos, con demasiadas dudas todavía
No te laves el pelo, dice,
porque a todos nos va a llegar el humo de la hoguera
Y, como la noche, nos va a traer también un poco de su sombra
Los descendientes
con sus trajes típicos,
los cabezudos y las gaitas
bailan
alrededor de la fogata
encendida
en mitad de la calle
Han dado las doce,
el tránsito escaso se detiene
Alguien que pasa
recuerda
los ritos
de la infancia
y salta,
sobrevuela el fuego
Aquí no se celebra como allá el solsticio de verano
Aquí lo que comienza es el invierno
Pero agradezco esta añoranza del estío,
la noche extemporánea de San Juan
Una mariposa ocre entró a mi casa entró y salió un soplo me dejó sola deslumbrada muy sola cuando solté el aire noté que ella estaba en mí s...