¿No querías un bosque?
¿No lo deseaste tomando tu casa por asalto
mientras se dilataba el canto de la luna?
¿No lo viste venir en la humedad suntuosa
del patio, después del riego de la tarde?
Crecía a tus espaldas,
cuando te desnudabas atrás del sosegado velador,
después de haber colgado el vestido,
y al soltarte
con la seda de fondo del tren de medianoche.
Entonces el roce de las sábanas te pulía las piernas,
y se enterraban las raíces
un poco más,
un poco más,
en el irrefrenable corazón de la tierra caliente.
Ahora que te sangran los dedos
cuando arrancás los brotes de la pared del cuarto,
pensás que apenas se insinuaban
con el café del desayuno.
Debiste haber previsto
que lo que se persigue con el cuerpo
termina dando flores
de una frondosidad indómita.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario