viernes, 30 de octubre de 2026

Miguel Ángel Morelli

no conozco el mar

muy pocos lo conocen

 

el mar no es esa tarde azul de primavera

mis huellas detrás de sus huellas

un cielo de gaviotas dibujándose a lo lejos

 

el mar es una memoria de infinitos naufragios

el dolor de ese hombre que va solo y un día

al pie de la tristeza se acuesta con la muerte

 

no conozco la muerte

nadie la conoce

 

la muerte es el vértigo que dibuja lo vacío

el no decir que desbautiza las cosas

un salto y la caída | las llagas violentas del amor

 

no conozco el amor

Araceli Lacore


¿Ves allá a lo lejos?
El lobo no aúlla
canta

Las cenizas del ayer
corren por su lengua

El alerce 
sus frutos amplios

La pira
quemó tu descendencia

El que todo lo ve
se fue de tu lado

Dime;

Tigre o cordero

¿Quién mató a tu padre?


domingo, 25 de octubre de 2026

Ramón Altamirano: SEPTIEMBRE

Primer ciruelo florecido

El tren suburbano 
por un instante 
me regala la grafía del asombro

A orillas de lo que fue un río
la biznaga 
ese yuyo de pobre aroma 
revienta en filigranas  

Un racimo de glicinas
se desploma violáceo
desde un patio
                         domingo de los pobres

Septiembre
ciruelo en la ribera  
y tu sonrisa dibujada en el próximo anden

Vivi Núñez: UNO POR UNO

Si fuera una película
si esto fuera una película
ahora, 
después de haber arrojado
los gritos al silencio y al puño apretado 
continuaría la escena del perrito 
recordando que hay que salir 
y salir es una buena excusa 
para largar la pena entre las piedras. 

Entonces vendría la parte 
donde el abrigo rojo de lana 
cubre un poco del frío y un poco del rostro 
para no ver el tuyo, ahí tras una pantalla. 
Para que no veas el mío, 
que no puede quitar esta pesadumbre a la mirada. 

En la película, 
la cámara estaría tomando el plano del perrito, 
que camina gracioso y a su tiempo, eligiendo las paradas. 
Tomaría mi sombra 
de las luces menguantes de la noche, 
una sombra alargada 
donde ondea la falda del abrigo y espera. 

A veces, me tomaría desde la espalda 
mostrando los gestos inútiles que pelean contra el frío
alguna vez el primer plano del perrito 
que me mira 
respondiendo a una palabra, una indicación. 
Mis ojos tropezarían con las piedras, 
pero eso no pueden mostrarlo las cámaras. 

Caerían unas gotas azules.
En el camino podría haber flores
algún perro que ladra encerrado 
el celo de nuestra libertad nocturna y solitaria. 
En algunas tomas, 
tendría las manos en los bolsillos, 
algo de aplomo. 
Como si caminar fuera un exorcismo para el alma. 

Un transeúnte nos miraría pasar y lo saludaría brevemente.
El perrito, mientras tanto, mearía la rueda de un camión. 
Pasaríamos luego por un bar o un restorán 
con alguna mesa afuera 
y subiría entonces el cuello rojo de lana 
para cubrir mi tristeza. 
Él vendría hasta mí 
mostrando en un plano picado 
cómo le acaricio la cabecita 
con mi mano levemente humedecida de añil.

Volveríamos al zaguán de donde habíamos partido, 
estratégicamente iluminado 
y buscaríamos donde sentarnos. 
Yo buscaría, el treparía hasta mi falda. 
Así sentada –rostro en primer plano; mejor un plano múltiple- 
mis ojos desbordarían azul de metileno, 
azul de Prusia o de ultramar 
y pasarían imágenes de nuestras fotos 
escenas de bailes o de besos
yo, cantándote Stand by me; 
cosas así. 

Desbordaría de azules uno poco más 
y volvería a entrar. 
Ya en el escritorio apretaría la tecla delete. 

En la próxima escena 
estaría cerca de una ventana por donde entra el sol 
pintando una tela tensa en un atril; 
una camisa blanca, inmaculada (en las películas, las camisas no se manchan)
un pescador (no importa en qué color). 
Habría tonos naranjas en mi mirada. 

Pero esta historia no fue tan mínima para Sorín 
y Subiela no pudo con tanto azul. 

Entonces me siento, escribo, me desvelo. 
Y asumo 
que tengo por delante la labor de deshacer
borrar lavar quebrar deslucir ajar 
despintar descoser desabrir descuidar
desacompañar desoír desmirar desamar deshabitar 
tanto recuerdo 
en los próximos días, entre azules celestes, 
uno por uno.


miércoles, 21 de octubre de 2026

Diego Rodríguez Reis: fiel y discreto

ahora
arrecian las iglesias
las sinagogas
los blogs
los templos

yo 
ya buscaba a dios
derramaba 
lágrimas nocturnas
y diarias
oraciones
cuando todo esto era campo


En "After ego", Ed La Yunta, 2024

Valeria Meiller: También los hombres están pastando

La historia se mina de caballos:

son los hombres, van hacia el campo

con las manos enterradas en las crines

negras de sus yeguas. Los niños

desde el cerco seguro

de los alambrados los ven ir

se preguntan qué les dan

los caballos que ellos no pueden darles.

Crecen de golpe los niños sin saber

que los hombres galopan rápido por el apuro

de morirse antes que todos los demás,

que sólo el campo y su distancia

logran separarlos de la carga doméstica

rescatarlos por un instante

de la familia con su peso manso,

de la tragedia de su civilidad.  





En "El libro de los caballitos", Caleta Olivia, 2021

sábado, 17 de octubre de 2026

Juan Domingo Aguilar: Saliendo de la estación de Atocha

Ella se fue dejándote solo en la cama.
Con la frente húmeda de tantos besos tristes 
y los ojos cerrados por el cansancio, te levantas.
Te arrastras hasta la ducha esperando que el vapor 
difumine las imágenes que juraste no volver a crear.
Tus recuerdos son prótesis para un cuerpo mutilado,
piensas mientras las cafeteras escupen humo
como una locomotora o el cruel recordatorio 
de los fugaces momentos en los que se esconde la vida.
Un tren se marcha dentro de dos horas, 
esperas sabiendo que lo que intentas evitar 
es lo que arrastras contigo, siempre.
Entonces vuelves triste a pasear por las afueras, 
espías por las ventanas el interior de las casas 
tan perfectas como desde lejos parece
la vida de los demás.

Miguel Ángel Morelli

no conozco el mar muy pocos lo conocen   el mar no es esa tarde azul de primavera mis huellas detrás de sus huellas un cielo de gaviotas dib...