jueves, 4 de junio de 2026

María Negro

La mujer que fui

tiende la ropa

piensa la poesía

espanta un abejorro

espera

cuando el cielo cae

y es verano.

A veces quisiera

llamarla

hacer así con la mano

es verano y los pájaros

avisarle.

Ella

la mano la ropa

los ojos el cielo

espera.

No puede ser

un color

dice.

Calcula el arroz

que será cena

espera.

La vida abierta ahí,

ahí y ahí, sin donde

Respira hondo

el hocico del miedo

espanta un abejorro

hace así

la mano la ropa

los ojos el cielo

Desea

Desea

Desea de nuevo

Desea

Quisiera advertirle

Desea

¡Oh incrédula!

Desea

Calcula el arroz

Desea

Es verano y el cielo

Desea

Guarda los broches

Desea

Cierra la puerta


Diego Bentivegna

En esa caja pequeña conserva varias cosas.
En la cajita guarda cartas. En la cajita custodia
fotos de ella joven; fotos de su madre, cartas de una tía;
una estampa de Ceferino, ya tuberculoso,
en Roma; algunas cartas.

No leo nunca, nos dice;
no me atraen nada los libros.
Mansilla era un viejo mentiroso.
Yo creo solamente en la memoria.

En EL POZO Y LA PIRÁMIDE (Audisea, 2022)

lunes, 1 de junio de 2026

María Paula Alzugaray: Gessler


Penachos indomables, teros rompieron la siesta
búhos rompiendo la noche
torpes cardos, vacas como hongos florecidos
la brisa abejea entre las cunetas, 
toros jocundos rompiendo la mañana
rompiendo el olor rancio de la quesería
pacifistas caballos cebados de tanto amarillo
de tanto tierno choclo.

Fui a conquistar un paisaje zanjado, yodado
a ver el abandono de la loca Marita y su familia
aprendí a cascotazos a errores a sapos a abrojos,
a berrear como tilingos de arpillera.

Haciendas cercanas en las que nos revolcamos
ojivas nuestros cuerpos
entre ronquidos y gallinas estercoleras
sobre los campos de soja
lejos del oleaje petrificado de los adoquines,
lejos del riquerío
más cerca del escarmiento apestoso.

Machona,
aprendí a tirar con la escopeta, a hacer la vertical,
a amar en tiempos tranquilos, a hacer ramos de cardos embalsamados
a dar zarpazos capaces de abrillantar a los chicos lindos
a hablar de la vida de lo demás en que chismorreábamos tole toles,
a dar codazos y chiflidos, aprendí otras consonantes
palabras de yute.

Cosas que debíamos corregir allí de jóvenes
que luego ya sería tarde.

Toda esa quietud me rompe,
su aburrimiento hincó el diente a las auroras,
lo hincó en el casco de los atardeceres.

De ahí que prefiero estudiar con las manos. La no rebeldía,
vivir bajo el dosel de una gloria inmediata
sin que nadie se responsabilice de mi salvajada.
Gessler, hiciste de mí lo rústica que soy.


Salvador Biedma: Lo que queda de té

Nunca fuimos tanto.
Un escuadrón nos matará en Brasil.

No quiero estar cuando saltes.
Las lagunas son tu línea
....y un jardín que se estruja.

Buscamos como tontos en la brea
......una pantalla que nos mire,
pero el té que toma el asesino
es de la misma marca
que el que compramos nosotros.

Somos como un torturador
a la hora del té.
Somos como un torturador
durmiendo la siesta,
cuando duerme la siesta.

Nunca fuimos tan poco,
pero algo nos iguala.

Nos deja tontos
hablar de esto.

Sólo reconocemos nuestros cuerpos:
las palabras se rompen
y nuestros espejos
se van a tapar algún día.
Sabemos que nuestra sangre
acabará dura, que las charlas
se olvidan y que nos esperan
en otro lado.

En breve habremos de irnos;
hablamos de no hacer.


viernes, 29 de mayo de 2026

Daiana Henderson: Equilibrio

Papá aflojó los tornillos
para que aprendiera
a andar sin las rueditas.
Ella me llevó a la vereda de tierra
que rodea al hipódromo,
justo enfrente de casa.
Y cuál es la necesidad
de aprender a sostener
mi cuerpo todo de nuevo.
Le hice prometer que no
me soltaría por nada del mundo;
giraba apenas mi cuello
para ver que ella siguiera ahí,
corriendo justo detrás mío,
agarrándome de la parte baja del asiento.
«Yo no te suelto -me decía-,
yo no te suelto»,
pero para ese entonces
ya estaba pedaleando sola
y no me daba cuenta
de cómo ella se alejaba de mí,
aun quedándose quieta
entre los troncos viejos y gruesos.
Me enojé tanto cuando me di vuelta
que rechacé ese objeto
a un costado de la vereda
y quise volver a casa.
Ahora voy esquivando colectivos,
haciendo finitos, calculo
el tiempo exacto para pasar en rojo
y no morir en el asfalto,
pero así y todo no voy a reconocerlo.
He decepcionado muchas veces a mi madre
y sé que seguiré haciéndolo.
No hay lugar en el mundo
para dos personas iguales,
ni siquiera lo hay en una casa,
y por eso me fui apenas terminada la escuela.
Pero es necesario para que mamá aprenda.
El equilibrio se fabrica con la distancia,
si nos quedamos quietas
seguramente nos vamos a caer.
Ahora rebobino el cassette
y resulta que soy yo la que se aleja
mientras ella se queda parada,
palideciendo bajo el sol de un domingo.
Pero yo no te suelto, mamá,
yo no te suelto.

Carlos Vitale: RISAS DE COCODRILO

No te engañes.
El de la foto
tan sonriente
ya era infeliz
(tú lo sabes,
bien que lo sabes).

Contémplalo ahí detrás,
público o comparsa,
borroso
incluso en primer plano. 

Sonríe
aunque esté muerto.

Si le pides
que se adelante 
no da sombra.

Convéncete:
sólo la sombra
no da sombra.

lunes, 25 de mayo de 2026

Ana Arzoumanian

No hay manera de salir
de la síntesis del relato;
alguien cede.
Alguien contra la pared,
en el grito sordo de las cosas, se reduce
a quietud de pasillos, de zanjones,
al resudar de sábanas en la siesta.
Alguien aturdido gira, no sabe
cuánto tiempo pasa dónde
cuando cede.
Así, como interrupción del hambre
se distancian las piernas,
en un aire continuo, invariable;
tan calladamente pegajoso
como líquido espeso de arena
que se empasta en la lengua, vela
el cuerpo desnudo;
la inexorable trampa
de las uñas rasgando
la pollerita cerrada.

Fragmento del libro El ahogadero, Edit. Tsé Tsé, 2002.

María Negro

La mujer que fui tiende la ropa piensa la poesía espanta un abejorro espera cuando el cielo cae y es verano. A veces quisiera llamarla hacer...