lunes, 26 de enero de 2026

Irma Elena Marc: Pierángeli descubre la eternidad

–Está bien, lo comeré –dijo Alicia–. Si

me vuelvo más grande, podré alcanzar

la llave; si me vuelvo más chica, podré

colarme por debajo de la puerta. ¡Pase

lo que pase, entraré al jardín!

(Lewis Carroll)



La soledad de Pierángeli encerrada en su Babel,

busca el Jardín de los Niños Perdidos,

imposibilitada de crecer como Peter,

porque no hay corazón,

hay un torso sin corazón,

carcomido el corazón

por el garfio del miedo,

ni ángeles de la guarda,

ni estampitas,

sólo los sueños

donde es posible detener el tiempo

y que sea por siempre la hora del té,

y se agoten y se colmen

las tazas.


(En el Jardín de Nunca Jamás todos hablan la misma lengua y sueñan

idénticos sueños).


Cuando la nena se cayó del útero

empezó el tormento reservado

a los prisioneros del Arrecife del Dolor,

tuvo que conservar ojos y corazón límpidos

para divisar cualquier balsa que la llevara a tierra firme

o un cochecito de bebé para salir volando rumbo al Jardín más allá de la puerta.


El viento pasa y arroja de Babel

las palabras que no existen,

perdido el lenguaje en la más eterna inmensidad.


Bajo la lluvia,

al atardecer,

Pierángeli juega sola,


la Nena está ensimismada porque ha perdido el último diente de leche.


📚 en "Los ojos"



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