Nos desacostumbramos a los sonidos del monte,
al poco cuerpo de la oscuridad,
clavamos nuestros sollozos como espinas
en los pliegues de un idioma que no conocemos
para marcar un camino,
nosotros,
los que no sabemos llorar.
Masticando vidrios caías con las alas destrozadas por las tempestades de las ciénagas. Lamías las heridas que la rabia había encarnado en t...
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