Nos desacostumbramos a los sonidos del monte,
al poco cuerpo de la oscuridad,
clavamos nuestros sollozos como espinas
en los pliegues de un idioma que no conocemos
para marcar un camino,
nosotros,
los que no sabemos llorar.
La mujer que fui tiende la ropa piensa la poesía espanta un abejorro espera cuando el cielo cae y es verano. A veces quisiera llamarla hacer...
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