Nos desacostumbramos a los sonidos del monte,
al poco cuerpo de la oscuridad,
clavamos nuestros sollozos como espinas
en los pliegues de un idioma que no conocemos
para marcar un camino,
nosotros,
los que no sabemos llorar.
Ella se fue dejándote solo en la cama. Con la frente húmeda de tantos besos tristes y los ojos cerrados por el cansancio, te levantas. Te a...
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