Nos desacostumbramos a los sonidos del monte,
al poco cuerpo de la oscuridad,
clavamos nuestros sollozos como espinas
en los pliegues de un idioma que no conocemos
para marcar un camino,
nosotros,
los que no sabemos llorar.
Esta foto es una contrabelleza. La sonrisa se detiene, las manos se detienen. El cabello todavía tiembla. Las tardes de sol en sepia suelen ...
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