Escribo siempre sobre otros poemas,
nada quiero decir, nada de nada,
mi tema no es el mar, tampoco el cielo,
no busco en las palabras las personas
del verbo y nunca me dirijo a nadie.
¿No reconocen en mi voz el tono
de Jaime Gil de Biedma? Es que su tono
se mezcla y se confunde con poemas
que ya no pertenecen más a nadie.
Citar sus versos es volverse nada,
es transformarse en todas las personas
que han apostado su porción de cielo
a cambio de las luces que otro cielo
les promete. ¿Por qué negar el tono
de alguien que no confía en las personas,
y sólo les dedica sus poemas
a fantasmas, a sombras, a esa nada
desde donde jamás responde nadie?
Si persone, en francés, vale por nadie,
como la voz latina, muestra el cielo
detrás de toda máscara: la nada
que vive en esos cuerpos cuyo tono
rosado han celebrado otros poemas
más justos. ¿Qué decirles a personas
que pronto dejarán de ser personas
para asumir su condición de nadie?
Ese vacío no acepta poemas
para llenarse, es mudo como el cielo,
como el mar que jamás encuentra el tono
ni el modo de cantar su propia nada.
Si cavando en el verso sólo a nada
se llega, ¿cómo pueden las personas
hacer allí su tumba? ¿Acaso el tono
es la rara manera de ser nadie
que día a día le concede el cielo
a quien paga su deuda con poemas?
Al revés: baja el cielo a los poemas
y es el tono filial de las personas,
celebrando que nadie sea nada.
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