martes, 30 de junio de 2026

Irma Verolín: LAS TÍAS DEL CAMPO

Venían una vez al año con sus vestidos floreados 
y sus zapatos chuecos, conversaban
sobre las vacas
sobre la altura de los yuyos
o relataban la furia de las lluvias,
hablaban sin parar
de las langostas
y abrían inmensamente sus bocas
cuando las llevábamos
a pasear al centro de la ciudad.
Resplandecían tanto los vidrios que las separaban 
de los maniquíes
resplandecían con un estrépito
que obligaba a sus bocas a abrirse aún más.
Gracias a ellas
aprendí palabras nuevas
que nunca pude usar en la ciudad
y recibí sus abrazos de bocas hambrientas
cerrando suavemente mis ojos.

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