Despierta del letargo para ser el mismo.
A la deriva el agua del bautismo
y la falsa llave de la puerta del encierro.
A pulso el primer día y la última noche,
el parir de pie para no dejar hijo;
agua quieta o rizada y pálido el rostro,
lejana visión de una telaraña
y el peso que hace crujir el deseo
hasta aplastarlo contra una tierra
que pide a gritos una renovada niñez.
Ni anuncio ni presagio:
se ahuecan y se agotan el individuo y el coro;
quién puebla ahora el patio
y mira pasar la bandada
antes de perder los ojos.
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