Los vecinos están en el baldío
alrededor de un pájaro recién muerto;
habrá caído del espacio —dicen—,
porque acá no hay árboles ni hay cielo.
La radio y la TV transmiten desde el nido;
algo habrán hecho —informan—,
acá no hay árboles ni hay cielo.
Alguien abre las geodas de basura
cuyas amatistas brillan figuritas
y muñecas desmembradas;
en retirada, marcha la comunidad,
pisa los juguetes en el día-noche
y se hunde, colectivamente,
hacia el interior de la Provincia
donde la pampa, se sabe,
es como el mar,
rojo, oscuro, olvido.
Las plumas del pájaro flotan sin cielo
y en el espacio no las quema el sol,
sino la última estrella fugaz
que cruzó el Acceso Oeste
antes de que los deseos apagaran
las chispas.
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