El río abrió la boca.
Una tabla cedió
y caí en su garganta de hierro.
Entonces saltaste.
Tu cuerpo rajó el aire,
y la corriente, desconcertada,
se apartó un instante.
Te vi bajo el agua:
no madre,
sino un fulgor vegetal,
un animal de fuego entre los peces.
Tus manos me arrancaron del fondo
como quien arranca un fruto
que aún respira en la rama.
Regresamos.
El mundo aullaba de pájaros mojados,
el muelle cerraba sus dientes.
En tu pecho
mi cuerpo ardía todavía,
una brasa rescatada del agua
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