Si fuera una película
si esto fuera una película
ahora,
después de haber arrojado
los gritos al silencio y al puño apretado
continuaría la escena del perrito
recordando que hay que salir
y salir es una buena excusa
para largar la pena entre las piedras.
Entonces vendría la parte
donde el abrigo rojo de lana
cubre un poco del frío y un poco del rostro
para no ver el tuyo, ahí tras una pantalla.
Para que no veas el mío,
que no puede quitar esta pesadumbre a la mirada.
En la película,
la cámara estaría tomando el plano del perrito,
que camina gracioso y a su tiempo, eligiendo las paradas.
Tomaría mi sombra
de las luces menguantes de la noche,
una sombra alargada
donde ondea la falda del abrigo y espera.
A veces, me tomaría desde la espalda
mostrando los gestos inútiles que pelean contra el frío
alguna vez el primer plano del perrito
que me mira
respondiendo a una palabra, una indicación.
Mis ojos tropezarían con las piedras,
pero eso no pueden mostrarlo las cámaras.
Caerían unas gotas azules.
En el camino podría haber flores
algún perro que ladra encerrado
el celo de nuestra libertad nocturna y solitaria.
En algunas tomas,
tendría las manos en los bolsillos,
algo de aplomo.
Como si caminar fuera un exorcismo para el alma.
Un transeúnte nos miraría pasar y lo saludaría brevemente.
El perrito, mientras tanto, mearía la rueda de un camión.
Pasaríamos luego por un bar o un restorán
con alguna mesa afuera
y subiría entonces el cuello rojo de lana
para cubrir mi tristeza.
Él vendría hasta mí
mostrando en un plano picado
cómo le acaricio la cabecita
con mi mano levemente humedecida de añil.
Volveríamos al zaguán de donde habíamos partido,
estratégicamente iluminado
y buscaríamos donde sentarnos.
Yo buscaría, el treparía hasta mi falda.
Así sentada –rostro en primer plano; mejor un plano múltiple-
mis ojos desbordarían azul de metileno,
azul de Prusia o de ultramar
y pasarían imágenes de nuestras fotos
escenas de bailes o de besos
yo, cantándote Stand by me;
cosas así.
Desbordaría de azules uno poco más
y volvería a entrar.
Ya en el escritorio apretaría la tecla delete.
En la próxima escena
estaría cerca de una ventana por donde entra el sol
pintando una tela tensa en un atril;
una camisa blanca, inmaculada (en las películas, las camisas no se manchan)
un pescador (no importa en qué color).
Habría tonos naranjas en mi mirada.
Pero esta historia no fue tan mínima para Sorín
y Subiela no pudo con tanto azul.
Entonces me siento, escribo, me desvelo.
Y asumo
que tengo por delante la labor de deshacer
borrar lavar quebrar deslucir ajar
despintar descoser desabrir descuidar
desacompañar desoír desmirar desamar deshabitar
tanto recuerdo
en los próximos días, entre azules celestes,
uno por uno.
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